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What are little Vulcans made of (1/3)

¡Llegó el gran día! *iz nervous*

Título del fic: De qué están hechos los niños vulcanos
Nombre del autor: ronnachu
Nombre de las artistas: denisitap y criandomalvas
Nombre de la beta: criandomalvas
Género: Slash
Número de palabras: ~ 20.000
Warnings y/o Spoilers: NC-17 flojito. Spoilers de Star Trek 2009
Argumento: Mientras Kirk se pasea por los pasillos de su nave persiguiendo a cierto vulcano, un viejo amigo de la Academia lo invita a su nave, la USS Andromeda, último orgullo de la Federación: moderna, maravillosa y con más secretos de la cuenta.
Notas: El título es una referencia a un episodio de TOS, What Are Little Girls Made Of, y tiene tanto que ver con el contenido como este fic, así que no me da vergüenza. ¡Ja!
Dedicatoria: Este fic ha sido provocado por, inspirado por, y debe ser dedicado a, criandomalvas. Porque ella lo ha hecho todo posible, me ha metido de cabeza en el fandom y me ha hecho enamorarme de las manos de Spock y la camisa destrozada de Kirk. Muchas gracias, cri-cri. Eres la mejor madrina del mundo mundial, YOU'RE TOTALLY AWESOME. Y dibujas genial, que no te oiga yo decir lo contrario!

# Fanart de shelenis_tanit

Kirk no se lo ha dicho a nadie. Ni siquiera a Bones, porque Bones se partiría el culo a su costa, y puede que a Kirk le falten muchas cosas, pero de orgullo tiene un rato largo, así que prefiere que el médico no tenga excusas para restregarle nada por la cara.

No es que se avergüence. Eso de la vergüenza es un concepto que nunca ha llegado a penetrar en su cerebro. Tampoco es la primera vez que le atrae un tío. Ni una especie no humana, de hecho. Solía decir que su límite estaba en los humanoides, antes de… bueno, aquella noche en que se emborrachó algo más de la cuenta. Ahora filosofa (también cuando bebe más de la cuenta) diciendo que no le es posible tener límites, porque el hecho de que existan es una excusa tan buena como otra cualquiera para saltárselos. No, el problema no está ahí.

El problema se llama Spock, y tiene largas piernas elegantes y rasgos claramente delineados, que ascienden casi sin poder evitarlo como una aspiración a lo perfecto y a lo…

El problema es que no le atrae. No como siempre, deseo cargado de afán de superación y las ganas de derretir a las chicas con una media sonrisa y un guiño, sólo para asegurarse de que puede hacerlo. De que sigue siendo James T. Kirk, y no se le resiste nada. Así es como ha sido siempre, en Iowa y en la Academia y en el asiento trasero de cualquier coche, sacando a tíos del armario simplemente porque le apetecía. Y ahora, de repente, esto. Esto de querer escucharlo cuando habla, sólo porque dice palabras largas y suenan bien en sus labios. Esto.

Empezó por culpa de Uhura, que lo besó delante de Kirk, casi como una invitación. Una maldita provocación. Él nunca ha sabido rechazar un reto, y en ese momento se dio cuenta de que un Vulcano era el mayor reto que podía presentársele. Nada de lo que había utilizado hasta entonces servía con él. Ni las sonrisas, ni las insinuaciones, ni ese gesto que tanto ha perfeccionado a lo largo de los años, bajando la cara y levantando la mirada, que siempre las deja con las piernas temblando. Ni siquiera las demostraciones de inteligencia en que había apostado. Kirk no es tonto, claro; sólo un poco vago a la hora de aprenderse cosas de memoria, pero en cuanto a razonamiento no se queda atrás respecto a la tripulación. Lo que pasa es que Spock ha crecido rodeado de niños vulcanos, y trabaja en una de las mejores naves de Starfleet; ser un genio no es suficiente para destacar aquí.

Además, Kirk no llega a pillarle el punto al ajedrez.

–Jaque mate –dice Spock, retirando los dedos del segundo tablero para unir las manos sobre el regazo. Elegantemente, por supuesto. Con cara de “oh, soy tan guay que puedo ganarle a mi capitán en dos minutos y no mover una pestaña”. Kirk imita la voz de Spock mentalmente. Fatal, porque de repente Spock tiene en su cabeza voz de niña pequeña pija, así que igual no es muy buen imitador. “Oh, soy genial y lógico y tengo orejas puntiagudas, pero sólo me acuesto con personas lógicas que saben doscientos idiomas porque es lo lógico”.

Kirk tumba a su rey. Vuelve a colocar las piezas en su sitio, y avanza un peón.

–¿Hay noticias de la USS Andrómeda, capitán?

–Llegarán a esta zona en 36 horas, para iniciar el intercambio de mercancías.

–Tengo entendido que están desarrollando la nueva generación de androides.

–Así es, deben de ser interesantes. Estaba pensando en pedirle al capitán Ortega, un viejo amigo, que nos dejara echar un vistazo. Únete si te interesa. Uhura quiere ver las instalaciones de comunicaciones –Spock entrecierra los ojos para concentrarse en un movimiento.

–No dudo que la teniente Uhura disfrutará enormemente la experiencia –Spock le observa hacer un movimiento, y espera pacientemente unos segundos. Kirk lo interroga con la mirada–. ¿Puedo suponer, capitán, que no se ha dado cuenta de que acaba de hacer jaque?

Ah, eso.

–Por supuesto que no puede. Mi estrategia me ha llevado hasta aquí.

–Encuentro altamente improbable la existencia siquiera de estrategia en su juego. Sus movimientos tienden a basarse en el instinto o la aleatoriedad.

–Justamente ésa, señor Spock –Kirk sonríe, tratando de aprovechar la situación– es mi estrategia. ¿O acaso podría llegar a ganarle usando la lógica? –el vulcano inclina la cabeza con un gesto de reconocimiento, y en dos movimientos deshace el jaque. Kirk sigue pensando en sus cosas–. Aunque tal vez sea mala idea mandaros juntos –Kirk le dirige una sonrisa traviesa que el otro no corresponde.

–La teniente y yo no hemos visto nuestra eficiencia afectada por causa personal alguna. Por otra parte, mantenemos en la actualidad una relación de cordial amistad.

–Tranquilo, era una… ¿qué? –el otro sube un alfil al tercer nivel y acaba con el último caballo de Kirk sin inmutarse-. ¿Qué ha pasado?

–Hemos determinado, de mutuo acuerdo, que ésa es la situación más estable y lógica para ambos.

–Pero… pero…

–Jaque mate, capitán.

Spock baja ligeramente la cabeza, dando por finalizadas la conversación y la partida. Kirk, con un suspiro, vuelve a tumbar a su rey.


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Kirk no se lo ha dicho a nadie porque es el capitán, y un capitán debe mantener siempre la apariencia de un hombre decidido y fuerte, profesional. Una tripulación no suele entender por “profesional” a una chiquilla enamorada que babea por los pasillos detrás del segundo de a bordo. Cuando –que no si– estén juntos será distinto, porque las chorradas y los sentimientos y todo eso –urgh– se complementará con el sexo y Kirk volverá a convertirse en un ser adulto. O todo lo adulto que puede ser Kirk. Seguro.

Por ahora, es mala idea pensar en sexo con Spock. Tiene que mantener una conversación importante, de consecuencias astronómicas, que puede decidir el futuro de toda la tripulación.

Necesita averiguar por qué el tío que le gusta ha cortado con la tía que le gustaba.

–¡Adelante! –se oye la voz de Uhura, y Kirk entra en su camarote para encontrarla tumbada en la cama, leyendo–. ¿Me necesita, capitán?

–Tranquila, sólo quería hablar contigo un rato.

Uhura le dirige una mirada interrogante. Después parece acordarse de quién es su capitán, y vuelve la mirada al libro. Kirk toma eso como un permiso para pasearse por la estancia y explorar. Se acerca a la estantería, donde casi todos los libros están escritos en lenguas que no conoce. También el que tiene entre las manos. Se sienta a su lado en la cama, y le echa un vistazo a la portada.

–Eso es vulcano, ¿verdad?

–Sí –contesta ella–. ¿Cómo lo sabes? –Kirk se encoge de hombros.

–El estilo de letra se parece a cómo escribe el señor Spock –ligeramente inclinado, delicado, con caracteres cortos, rápidos de escribir. Eficientes.

–Hm-mm.

Breve silencio en que Kirk tamborilea sobre su propia pierna con los dedos.

–Por cierto, hablando de Spock… –Uhura suelta una carcajada, no especialmente feliz.

–Métase en sus asuntos, capitán.

–¡Son mis asuntos! Si mi segundo de a bordo y mi oficial de comunicaciones no se dirigen la palabra…

–Tranquilo, no se verá en esa tesitura –la chica suele hablarle de usted en el puente de mando o cuando está irritada con él. Es decir, casi siempre–. Somos bastante más profesionales de lo que imagina.

–Pero… no puedo permitir que haya mal rollo en mi tripulación –ella pone los ojos en blanco.

–Nos llevamos bien.

–¡No te puedes llevar bien con un ex!

–Considerando que tengas una edad mental de menos de quince años. Comprendo que el concepto le resulte difícil de aceptar.

–Uhura, por favor…

–¿Qué más le da? ¿Sigue pensando que puede colarse en mi cama? Creía que ya habíamos superado esa fase…

Kirk no se lo ha dicho a nadie, porque Spock no es una de la larga lista de conquistas a lo largo de su vida, ésa de la que suele fardar en un bar. Con él piensa cosas que no ha pensado con nadie, como “cuando escribe se muerde un poco el labio inferior”, o “me gustaría saber qué es lo primero que piensa por las mañanas”, o “si le doy una oportunidad a este romulano genocida, Spock estará orgulloso de mí”.

–Lo hemos hecho. Ya no me quiero colar en tu cama.

Uhura levanta mucho las cejas, y se echa a reír. Abre la boca para hablar, y luego vuelve a reír. La muy guarra. Lo peor es que hasta este momento no la había visto reír así. Le sienta bien, reír. Sabe de otro a quien tampoco le haría mucho daño hacerlo de vez en cuando.

–Vaya, vaya, vaya. Ya decía yo que últimamente no había visto a ninguna muchachita llorando por los pasillos.

–Y a ti te interesa que siga siendo así, ¿verdad? Menos problemas, más orgullo por pertenecer a tu género. Así que, venga, desembucha. Quiero información. ¿Qué ha pasado?

–¿Y si te digo que no tienes una sola oportunidad?

–Te diré que me subestimas. Y me inventaré una oportunidad, sabes que puedo. Pero no me vas a decir eso –Uhura sonríe, negando con la cabeza como si no se lo creyera.

–No. Digamos que… no estaría del todo fuera de lugar.

–¡Ja! ¡Lo sabía! –Kirk se levanta y hace un baile de la alegría, bajo la desaprobadora mirada de su oficial de comunicaciones.

–El problema es que… bueno, es vulcano.

–¡Hala! ¿En serio?, nunca lo habría dicho.

–Cállate. Es vulcano, y creí que podríamos superar eso, pero… Ha sido educado en un ambiente donde los sentimientos están mal vistos, ¿entiendes? Se avergüenza de sus emociones. Más de la cuenta, porque es en parte humano, y tiene que esforzarse por mantener el control. No le gusta sentirse… vulnerable.

–Wow –pensó Kirk en voz alta–. El sexo debe de ser horrible –la inesperada sonrisa de Uhura parecía no estar de acuerdo, pero la chica no hizo comentarios.

–Tal vez contigo sea distinto. Lo que necesita es fe en la otra persona. Y tenéis algo… Él confía en ti. Creo que está relacionado con el Spock del futuro.

Kirk prácticamente no la escucha. Le da un beso en la mejilla, que ella trata de evitar, y sale tratando de no dar demasiados saltitos. Una vez fuera, se detiene un momento, y vuelve atrás.

–Pst. Uhura. Oye. ¿Quieres que le dé un puñetazo de tu parte? Puedo hacerlo. En serio –ella se ríe, y pasa una página de su libro.

–Jim, vete un rato a fingir que eres un adulto responsable, ¿quieres?


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–Ah, Delta VII –dice Bones, entrando en la sala de descanso y cogiendo una botella antes de tirarse a un sillón al lado de Kirk–. Me dejé a una chica en este sector. Bueno, en realidad me dejó ella, pero al menos no fue violento… Una familia encantadora, su madre solía cocinar para mí.

El capitán le da una palmada en la espalda a su amigo, riendo suavemente.

–Yo tengo un tío por aquí –dice Chekov–. Vino con su esposa en la fiebre del titanium, cuando descubrieron las minas en Gaal.

–¿Os vais a poner nostálgicos, muchachos? Porque tenemos suficiente energía para llevar a este bellezón –Scotty acarició las paredes de la nave– de planeta en planeta y visitar a vuestras queridas. ¿Qué dice, capitán? ¿A quién echa de menos usted?

–Toda mi familia está en la Enterprise, Scotty.

–¡Así se habla! Por lo que a mí respecta, toda mi familia es la Enterprise.

–No quiero saber a qué te dedicas cuando estás solo con ella en la sala de máquinas, Scotty –Bones se ríe de su propio chiste–. En cuanto a ti, Jimmy, cuidas muy mal a tu familia. Hace al menos día y medio que no te pasas a visitar al doctor y compartir su medicina.

Spock alzó la vista del comunicador que estaba reparando. O destrozando, a saber. Kirk sólo veía sus dedos sacar y meter cosas.

–Espero –dijo– que eso sea una broma, doctor McCoy. Confío en que la nave esté en buenas manos, y el capitán Kirk continúe demostrando ser un candidato eficiente que…

–Tranquilo, hombre, no voy a emborrachar al muchacho –interrumpe Bones, con una risa atronadora. Kirk siente deseos de matarlo–. Al menos, no mientras mi vida dependa de él.

–¿Qué hay de tu familia, Spock? ¿Dónde estáis situando a los vulcanos?

–Sector Gamma II, capitán. Hay un pequeño planeta de condiciones favorables en que hemos comenzado a reconstruir nuestros centros de saber. El carácter práctico de mi especie la hace capaz de una rápida adaptación a cualquier medio; no dudo que pronto volveremos a estar en el centro de los avances.

–Volverán, si eso. Usted está a varios años-luz de su nuevo hogar, entre una pandilla de humanos –recalcó Bones.

–Oh, pero yo estoy allí, doctor McCoy –dijo Spock, mirando a Kirk y suavizando casi imperceptiblemente el gesto–. Además, permítame sentirme como parte de mi especie… especialmente conociendo mi activa colaboración en el salvamento de la población actual.

–¿Se considera usted humano además de vulcano, señor Spock? –preguntó Chekov, haciendo que frunciera ligeramente el ceño.

–Evidentemente, mi educación y costumbres son vulcanas, además de gran parte de mi visión del mundo. No obstante, me considero en paz con el exceso de emociones que se me presenta debido a mi ascendencia humana, y que debo canalizar para no romper un delicado equilibrio… Aun así –volvió a fijar la vista en Kirk, que lo miraba con intensidad–, es un tema complejo, y como tal no lo considero propicio para este momento y este lugar, oficial.

Kirk pensaba en el otro Spock, y en cómo sus gestos eran algo más… humanos. Se preguntó si en él la lucha entre los dos aspectos había sido distinta, o si había pasado por las mismas etapas que el Spock que tenía delante. Si creció tratando de dominar su parte humana y al final fue vencido por ella. Si algo –alguien– había contribuido en aquel proceso.

–Lo único que yo sé –dijo Scotty, alzando una cerveza– es que si este tipo sufre de un exceso de emociones impropio de su especie, no quiero conocer a más vulcanos.

Kirk brindó por eso.


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A veces lo llama Jim.

Conscientemente, con la deliberada calma que caracteriza su proceso de pensamiento.

–Jim –dice–, según mis cálculos, la solución más eficiente es un acercamiento lento al objeto inidentificado, con un cuarto de la energía concentrada en el motor de proa.

Lo hace a propósito, de eso está seguro Kirk, aunque tal vez no sea consciente de cómo esas tres letras hacen que todo se ponga en pausa durante un momento, y sienta ganas de abrazarlo.

Tiene la sensación, desde que habló con el Spock del futuro, que hay algo entre ellos no del todo afianzado. En aquella cueva helada, Spock lo abrzó y dijo “Jim” con voz cálida, como si el tiempo que habían estado separados no lo hubiera contado en la unidad de tiempo lógica determinada por Starfleet, sino en latidos.

Cuando este Spock, de piel libre de arrugas y ojos que empiezan a adquirir la sabiduría del mundo, dice “Jim”, el capitán de la USS Enterprise se pierde un instante en las posibilidades de un futuro no escrito, que ellos deciden y que podría –o no– parecerse a ese otro que ya ha existido y en el que Spock y él tenían algo.

Probablemente lo hace a favor de sus técnicas de relaciones interpersonales. Porque da más proximidad a sus argumentos, y le ayuda a convencer al interlocutor. Probablemente lo hace con todo el mundo y no se da cuenta de que, sin dejar de ser la persona más honesta con que se ha cruzado Kirk en su vida, está haciendo trampa.

–Jim –dice, y le pone la mano sobre la silla del capitán. Sin llegar a rozarle el hombro, pero ii>casi–, puedes irte a dormir un par de horas. Aquí está todo bajo control.

Mientras sale del puente de mando, lo ve sentarse en su silla para tomar su puesto, con expresión de serena dignidad. O eso le parece, aunque seguramente se inventa las expresiones de Spock porque a veces juraría que son todas la misma. Se ve invadido por un orgullo absurdo al verlos juntos, fusionados en todo su esplendor, para ir hacia donde ningún hombre ha llegado jamás.

Spock y la Enterprise.


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McCoy cree que le pasa algo. Por supuesto, como el profesional indiscutible que es, se encuentra en posesión de argumentos irrefutables que avalan su diagnóstico.

–No has venido a la celebración.

–Bones, celebramos el éxito de una misión una media de dos veces por semana. Sólo es una excusa para hacer fiesta.

–Exacto. ¿Por qué ibas a querer tú perderte algo así?

–Soy capitán, tengo cosas que hacer.

–Ah, ésa es otra. Lo responsable que estás. Nos conocemos, Jimmy. ¿A quién quieres impresionar?

–¿Vas a echarme en cara que trabaje para salvarte el culo cada vez que te metes con un oficial extraterrestre?

–Dejando a un lado el hecho de que sueles ser tú el que causa los problemas y yo el que te arregla los huesos rotos… No es propio de ti. Tu estilo es más bien irte a levantar faldas hasta que falten tres minutos para el desastre, y después aparecer con una solución brillante que nos obligue a asimilar que no eres tan gilipollas como pareces.

–¡Oye! Soy una persona perfectamente inteligente y responsable.

McCoy arquea una ceja.

–Te estaré vigilando –dice, despachándolo del centro médico con los gráficos de su revisión completa. Kirk les echa un vistazo, preguntándose cómo nadie puede insinuar que parezca idiota cuando incluso las pruebas médicas le confirman lo bueno que está.


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Spock mira fijamente el monitor, sin alterar su expresión, y Kirk prácticamente ve los pensamientos pasear uno tras otro tras sus ojos, de manera ordenada y regular. Todos los demás se han ido ya de la sala de reuniones, así que se echa atrás en su silla y espera pacientemente a que el primer oficial diga lo que tenga que decir.

O, al menos, todo lo pacientemente que puede esperar Jim Kirk.

–¿Algún problema, señor Spock? –el aludido levanta la vista hacia él, casi contrariado.

–Hay ciertas irregularidades en torno a la USS Andromeda, capitán.

–¿Como cuáles?

–El rumbo de la nave. Ha efectuado un rodeo un tanto extraño, innecesario, que podría indicar la necesidad de ganar tiempo. Y no encuentro declaraciones del comité ético de Starfleet concernientes al trato de androides que sean posteriores a la fecha estelar 3542.7.

–¿Que se traduce en…?

–Hace siete meses, veintitrés días y dieciséis horas, capitán.

–Ya veo. Bueno, tal vez el capitán Ortega haya olvidado actualizar los archivos. Lo conozco bien, es un poco trasto con esas cosas –Spock ladea un poco la cabeza.

–Los humanos sois ciertamente unos seres muy curiosos.

–Oh, no empieces con ésas, Spock. No es para tanto.

–¿Qué quiere decir?

–Siempre tratas de distanciarte de nosotros y fingirte todo superior.

–Si insinúa que reniego de mi parte humana…

–Bueno, obviamente mis capacidades de deducción son simplemente humanas, pero sólo digo que a veces lo parece. Quiero decir, hablas de la lógica como lo mejor que hay, y te enorgulleces de esa cosa verde que te corre por las venas y de tus orejas puntiagudas. Como si ser humano fuera algo que tuviera que avergonzarnos.

–No considero que sea así en absoluto, y pido disculpas si en algún momento he tenido un comportamiento condescendente. Sin embargo, creo que también es respetable mi orgullo por pertenecer a la raza vulcana, que en estos momentos debe ser aún más reconocida que de costumbre, debido a su delicada situación.

–Parcialmente.

–¿Cómo dice?

–Perteneces... –Kirk decide cerrar la boca. Se levanta de su posición presidiendo la mesa, y da un par de pasos sin dirección ninguna–. Spock, ¿consideras las emociones como un defecto humano?

–En absoluto. Me parecen una característica que distingue y determina la tendencia general de una especie, tan respetable como cualquier otra.

–No me refiero a eso.

–¿Y a qué se refiere, capitán?

Kirk no lo sabe realmente. Le da la espalda a un Spock cuya confusión parece aumentar por momentos, mezclada con un brillo en los ojos que Jim llamaría curiosidad, si tuviera que ponerle nombre. No es que vaya poniendo nombre a los brillos en los ojos de Spock. Se apoya de lado en la pared, uniendo las manos a la espalda. Después se da cuenta de que la postura le recuerda a Spock, y por algún motivo eso le cabrea. Se dirige a la mesa y apoya ambos brazos en ella, mirando fijamente a su primer oficial.

–Él… tú, el tú de aquella cueva, hizo conmigo eso de la fusión de mentes –Spock alza una ceja, claramente preguntándose hacia dónde va esto–. Dijo que la transferencia emocional era una consecuencia, y me enseñó… –cierra los ojos un momento, recordando la intensidad de aquellas imágenes–. Cuando Vulcano fue destruido, él lo estaba viendo.

–Lo sé –asiente Spock, sin dar señales de estar hablando de algo más profundo que el sabor del té replicado.

–Y él… tú… sentías, con tanta fuerza que estuve a punto de… –traga saliva–. Spock, si tú fusionaras ahora tu mente con la mía, ¿notaría eso?

Spock levanta mucho las cejas, sorprendido.

–Capitán, no lo entiendo. La fusión de mentes es una técnica que, si se realiza en condiciones de mutuo consentimiento, puede dar acceso a más secciones de la consciencia de las intencionadas. Convierte al que lo realiza en un ser… vulnerable. Es probablemente la situación más íntima en que un vulcano puede encontrarse junto a otra persona. ¿Y pretende usted que reviva la destrucción del planeta en que nací… para hacer un experimento con mis emociones?

–¡No! –Kirk traga saliva. Vuelve a sentarse al lado de Spock. Trata de pensar–. No, no es eso. Quiero…

–¿Qué quiere, capitán?

–Quiero saber qué cosas sientes, y si… si notas la amistad, el odio, el… de la misma forma que yo. Si somos tan distintos como a veces lo parece.

Ahora, el vulcano curva los labios. Probablemente, un humano se estaría riendo a carcajadas en su lugar.

–Quiere saber si siento amistad por usted –Jim se queda con la boca abierta, debatiéndose entre la irritación, la indignación y la distracción que ejercen sobre él esos labios cargados de diversión–. Qué curioso. ¿Cómo pretende que no intente estudiar a los humanos? Al final, lo que buscáis es siempre la autoafirmación de vuestros sentimientos… y de qué manera. Fascinante.

–Él dijo que siempre había sido mi amigo. Que siempre lo sería –Kirk se siente infantil y estúpido, como cuando era crío y se caía de las motos de plástico en las ferias a las que lo llevaba su madre con el novio de turno. Pero ya que ha llegado hasta aquí, no piensa echarse atrás–. Pero él era otra persona. ¿No es cierto?

–Sí, lo he notado. Él tiene más desarrollado su lado humano. Lo achaco al tiempo que ha pasado en la Enterprise, y a su relación con ellos.

–¿Te parece mal?

Spock se lo piensa un momento.

–No. Es una opción que siempre ha estado ahí para mí. Pero, como bien ha dicho usted, él es otra persona. Que ha pasado por otras circunstancias, y tomado otras decisiones.

–¿Entonces…?

–Siento amistad por ti, Jim –el vulcano lo mira directamente a los ojos, hablando con la resolución de siempre. Estableciendo en voz alta un hecho objetivo, para el que tiene pruebas concluyentes e irrefutables y que ha considerado de manera lógica–. Eres ciertamente un sujeto singular, como capitán y como persona. Y te confiaría mi vida, en cualquier momento... como tripulante de la USS Enterprise, y como tu amigo.

Kirk siente un peso liberarse de sus hombros y su estómago. No puede evitar sonreír de oreja a oreja. Tiene la sensación de que éste es un momento importante, algo que podría cambiar las cosas, aunque no está del todo seguro de adónde llevarán las cosas de aquí en adelante. Este momento podría ser…

Se requiere al capitán en el puente de mando –anuncia un altavoz cercano, y Jim da un brinco. Durante un instante se niega a aceptar que la cosa vaya con él, aceptar que el ambiente haya cambiado.

–Jim –habla Spock, mirándole fijamente como si creyera que está enfermo–, eres consciente de que el capitán eres tú, ¿verdad?

A veces le dan ganas de tirar la placa al suelo y pisotearla. Suspira.

–Lo soy.

Ambos salen de la sala de reuniones, y la puerta se cierra tras ellos.


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–Capitán –lo llama Sulu desde su puesto, en cuanto pone un pie en el puente de mando.

–¿Cómo va la transferencia de material?

–Estamos listos para empezarla.

–El capitán de la Andromeda acaba de contactar con nosotros –informa Uhura.

–Abre la línea.

–Sí, capitán.

La pantalla frontal muestra la imagen de un puente de mando de configuración similar al de la Enterprise. Sentado en la silla del capitán es un hombre moreno y corpulento, que sonríe ampliamente en cuanto recibe la conexión.

–¡James, muchacho! ¿Se puede saber a quién se le ocurrió la fantástica idea de nombrarte capitán? ¿Qué te has cargado ya?

–Parece que el tiempo se ha portado contigo, Diego. Te sienta bien el amarillo.

–No tanto como a ti–su acento abre las vocales y simplifica las consonantes, con su *idioma* marcado por el acento del sur de España–. James, te digo una cosa. Pásate por aquí, te haré un tour por la nave mientras hacemos el intercambio de mercancías. Tenemos mucho de lo que hablar, aún no te he felicitado por eso de salvar la Tierra.

Kirk no está seguro de querer ser felicitado. Cada vez que alguien lo hace, siente ganas de gritar que seis mil millones de vulcanos han muerto en esa misma misión. Mantiene la sonrisa.

–Claro, cuenta con ello. ¿No te importa que me lleve a un par de oficiales? Has creado un cierto interés con los avances tecnológicos de la Andromeda.

–Oh –el capitán Ortega no se molesta demasiado en ocultar su falta de entusiasmo–. Por supuesto, trae a quien quieras.

–Allí estaré. Kirk fuera.

La pantalla vuelve a mostrar el paisaje estrellado ante la nave, y la actividad en el puente de mando retoma su volumen normal.

–Uhura, supongo que te apuntas, ¿no?

–Claro.

–¿Spock?

–Capitán, comprendo que no está excesivamente preocupado por el reglamento, y no suelo poner pegas en cuanto a seguridad se refiere. Sin embargo, en este caso no considero conveniente que tanto el capitán como el primer oficial abandonen la nave al mismo tiempo, para irse de… visita turística.

Kirk lanza un suspiro exasperado.

–Sulu.

–¿Sí?

–Te nombro capitán en funciones durante mi ausencia –el piloto asiente, con los ojos brillantes y decididos–. Chekov.

–¿Sí, capitán? –la cara del chico se ilumina.

–Encárgate de que Sulu no se siente en mi silla a no ser que sea absolutamente necesario.

–… sí, capitán.

–Y primer oficial en funciones.

–¡Sí , capitán!

Kirk se vuelve hacia Spock, que sigue sus movimientos con un cierto grado desaprobador. Ambos mantienen un combate de miradas, hasta que Spock deja escapar aire por la nariz en lo que Kirk clasifica como un suspiro y se dirige a la puerta. El capitán lo sigue.


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La USS Andromeda es una nave recién construida, que incorpora las más modernas innovaciones: tiene un diseño más aerodinámico, replicadores de comida india, un servicio de comunicaciones en 4D, y posavasos con el logo de Starfleet. Kirk queda muy indignado ante estos últimos.

–¿Por qué no tenemos nosotros de eso, Spock?

–Capitán…

–¡En la mesa de reuniones siempre quedan marcas! ¿Tú qué dices, Uhura?

Uhura le ignora. Diego se ríe enseñando su perfecta dentadura –blanqueada, piensa Kirk; antes no era tan brillante– y sigue hablando.

–Como pueden ver, los androides están perfectamente integrados en la tripulación, y la componen en un 30%. Resulta difícil, actualmente, distinguirlos del personal humano.

–Bobadas –dice Kirk, que se lo está pasando en grande con la visita–. ¡Oficial! –una chica de rasgos asiáticos se detiene para atenderlo–. ¿Cuál es la raíz cuadrada de Pi?

–Pues… ¿Uno con setenta y algo?

–¿Veis? Humana –Kirk se gira hacia sus acompañantes con una sonrisa orgullosa–. Muchas gracias, oficial –mira su tarjeta– Sato.

La chica se aleja mirando atrás, con una leve sonrisa, ante las carcajadas de su capitán.

–¿No cree usted, capitán –pregunta Spock–, que las implicaciones morales de tal inteligencia artificial deberían ser tomadas en cuenta por un comité interplanetario?

–Oh, pero lo tenemos, señor Spock. Starfleet es consciente de que las misiones de la Andromeda son hasta cierto punto controvertidas por su modernidad, como toda exploración que va más allá de lo anteriormente conocido. Por eso nos hemos asegurado de la intervención de un comité externo a los científicos implicados.

–¿Cuándo se realizó el último examen de este comité? –Ortega se rasca la cabeza, tratando de recordar.

–Hará unos… tres o cuatro meses, diría yo –Spock asiente y ladea la cabeza, al mismo tiempo. Kirk trata de imitarlo y Uhura le da un codazo.

–Me gustaría conocer los procedimientos.

–Sin duda, sin duda, llegaremos. Por ahora, creo que esto puede interesarle a la señorita Uhura: nuestro panel de comunicaciones.

La aludida observó atentamente los hologramas, y no tardó en involucrarse en una conversación con el oficial de comunicaciones de la nave, a la que sólo Spock parecía atender con interés.

–James –decía Ortega–, ¿por qué no te quedas esta noche? Yo tengo espacio de sobra, y tú tiempo. Hace mucho que no nos vemos.

Kirk lo veía venir desde lejos. Imágenes de la Academia, hace mucho tiempo –cuando aún no había salido del Sistema Solar, ni había notado el ronroneo de los motores de una nave a máxima velocidad de curvatura–, acuden a su mente, y no puede evitar sonreír. Diego, y sus anchos hombros morenos, y su disposición a dejarse dominar. Después la imagen cambia de protagonista, y lo deja preguntándose cuánta fuerza esconden los brazos delgados de un vulcano. Lo ha visto luchar, varias veces –más de las que habrían sido estrictamente necesarias a lo largo de sus misiones de paz–, y ha sufrido sus efectos, una vez. Siente que le faltan contextos en que conocer a Spock. Tal vez siempre le faltarán.

–Lo consultaré con mi equipo, Diego, muchas gracias por el ofrecimiento.

El ofrecimiento no parece entrar en los planes de Spock. Cuando las luces de la nave se atenúan un poco, Ortega sonríe con orgullo.

–Procuramos imitar, en la medida de lo posible, las características terrestres –explica. Spock se adelanta a Jim en la respuesta.

–Un rasgo que comparten su nave y la nuestra, capitán Ortega, y que parece determinar la hora de nuestra partida. Me gustaría expresar mi gratitud por esta instructiva visita. ¿Capitán?

Kirk nota la atención del vulcano recaer sobre él como un cosquilleo, aunque apenas ha girado el rostro en su dirección.

–Señor Spock –dice Ortega–, no puedo sino transmitirle mi invitación a pasar la noche en mi nave.

–¿Con qué propósito? –Ortega se echa a reír.

–Spock, amigo, me recuerda usted a mis androides. El propósito es el de estrechar lazos, y expresar nuestra confianza.

–¿Mientras dormimos?

–¿Cuándo se es más vulnerable, señor Spock –pregunta Kirk, sonriendo a medias– que cuando se duerme? Si confía en alguien lo suficiente como para perder el conocimiento en su presencia, es una señal de que no se lo teme, ¿no cree?

–Ya veo –a Spock parece resultarle un concepto curioso. Jim hace una nota mental de preguntarle a Uhura por las costumbres vulcanas al respecto, tratando de imaginar a Spock durmiendo. Trata de recordarlo, pero le parece que nunca lo ha visto–. Aun así, no me parece completamente apropiado, teniendo nuestros aposentos a tan poca distancia.

–Como desee –Kirk saca el intercomunicador–. Kirk a la Enterprise, respondan.

La conexión es algo más lenta de lo normal.

–Aquí el primer oficial Chekov.

–En funciones.

–¿Perdón?

–Primer oficial en funciones, Chekov.

–Oh, sí, por supuesto, señor Kirk.

–Ya estamos listos para ser transportados –al otro lado del comunicador se oye una conversación interrumpida.

–Me temo que nuestros transportadores están sufriendo problemas temporales, señor. Denos un par de horas para solucionarlos, contactaremos con usted.

Spock se coloca junto a Kirk para acercarse al comunicador, y Jim puede intuir su preocupación.

–¿Qué clase de problemas, oficial?

–Oh, no tengo esa información. Sólo sé que Scott está tratando de arreglar el problema, nos comunicaremos pronto –Spock alza una ceja y dirige a Jim una mirada sucinta.

–Me parece, amigo Spock –Ortega se acerca y pasa un brazo por los hombros de ambos–, que ahora considerará mi oferta algo más apropiada.

Spock asiente.

–Ahora su propuesta parece algo lógico, capitán. Me alegra poder aceptar su invitación.


###



Diario de a bordo. Fecha estelar 3543.2. La oficial Uhura, el señor Spock y yo nos hallamos a bordo de la USS Andromeda, a la espera de reparaciones en los transportadores. Esperamos poder volver a bordo…

Alguien llama a la puerta, y Kirk guarda el diario. Como sea Ortega fingiendo que quiere saber cosas sobre la Enterprise –otra vez–, va a empezar a cabrearse. Abre la puerta con algo más de fuerza de lo que sería conveniente, para encontrarse cara a cara con Spock.

–Siento interrumpir sus momentos de descanso, capitán.

–Tranquilo, no estaba durmiendo. Adelante.

El vulcano se adentra en sus aposentos con las manos unidas a la espalda, dirigiendo una mirada curiosa a todo lo que le rodea. Jim lo observa atentamente, acostumbrándose como siempre a la fascinación que ejerce sobre su oficial científico todo escenario desconocido. Casi está decepcionado de que en esta ocasión lo desconocido sea la sala de invitados de una nave ajena, y no el cuarto de Jim.

–Hay tres cuestiones que me preocupan, capitán.

–¿Tres? ¿Sólo? Tenía entendido que su cerebro era algo más complejo, señor Spock –no puede evitar tomarle el pelo Kirk.

–Discúlpeme. He formulado mal la proposición. Hay tres cuestiones que, en estos momentos, adquieren una cierta importancia para mí, como primer oficial, e impiden mi tranquilidad.

–Lo escucho –asiente Kirk, sonriendo.

–Una se centra en los transportadores de la Enterprise. Cuando la dejamos, hace apenas una hora y diecisiete minutos, estaban en perfecto estado. Se me antoja ciertamente extraño el hecho de que el oficial Chekov no se moleste en comprobar el error.

–Y, sin embargo, usted no me pidió que preguntara a Scotty.

–No, no lo hice, debido a mi segunda preocupación. Usted, capitán, acaba de llamar “Scotty” al oficial Scott.

–Bueno, todo el mundo lo hace.

–Exacto. Chekov no lo hizo. Este hecho, junto a otras irregularidades en el comportamiento, me induce a pensar que, o bien tiene un motivo ulterior para este cambio, o bien hay problemas de origen desconocido en la nave.

–A mí me parece que eso es sacar un poco las cosas de quicio… Chekov tiene un día cargado de emociones, ya sabes. Sin embargo, estaré atento a cuando podamos volver a la nave. ¿Qué hay de la tercera cuestión?

–La tercera es en realidad una mera curiosidad personal hacia el comportamiento humano. No alcanzo a comprender –Spock arquea una ceja– por qué el capitán Ortega se empeña en llamarme “amigo”, cuando no nos une ninguna clase de lazo emotivo.

La reacción más lógica que se le ocurre a Jim ante eso es echarse a reír a carcajada limpia. Se tiene que sentar en la cama para poder hablar. La cara de paciente expectación del vulcano no le ayuda.

–Ay, Spock, a veces me dejas de una pieza. Se supone que has estado saliendo con una humana, ¿aún no comprendes que a menudo nuestros pensamientos y emociones no coinciden con nuestras palabras?

La mirada de Spock se vuelve de advertencia durante un segundo, antes de volver a la perplejidad.

–Lo he notado, pero no lo comprendo. ¿Con qué propósito hacéis algo tan ilógico? –si Kirk sigue sonriendo así, pronto le dolerá la boca.

–Hay muchas razones por las que los humanos mentimos, o alteramos la verdad. Puede ser interés, respeto, compasión, o incluso amor –la expresión de Jim se suaviza un poco–. Normalmente, como tú bien has dicho, sólo tratamos de autoafirmarnos en nuestros sentimientos.

–Fascinante –murmura Spock, y se queda quieto, pensando intensamente. Kirk suspira.

–Siéntate, Spock. Te traigo una copa.

–Gracias, capitán, ya sabe que no bebo. Además, no querría extenderme en la perturbación de sus horas de sueño.

Jim lo ignora mientras sirve una copa de vino y otra de agua, y luego vuelve a sentarse en la cama, empujándolo hacia abajo con él.

–Bobadas. Me cuesta enormemente conciliar el sueño si no estoy en la Enterprise, así que no estás interrumpiendo nada.

Spock parece sorprendido ante esto.

–¿Qué hay de la Tierra? Supongo que dormirá bien en casa.

La última vez que Jim se tomó unas vacaciones para ir a casa de su madre –que no la suya– un par de días, pasó una media hora con ella antes de que el tono de voz subiera. Probablemente surgió a raíz del cerdo de dos patas con el que ella estaba saliendo; terminó, como siempre, desembocando en George Kirk. El resto del permiso lo pasó de bar en bar, y de motel en motel. No precisamente durmiendo.

–Especialmente cuando estoy en la tierra, señor Spock.

El vulcano queda en silencio un momento, reflexionando. Se bebe el agua de una vez, sin pararse a saborearla, y deja la copa en la mesilla.

–Yo también he encontrado últimamente problemas para conciliar el sueño –dice repentinamente–. Desde el incidente de Vulcano.

La confesión pilla a Jim por sorpresa, completamente desprevenido. Se queda mirándolo con la boca entreabierta, tratando de comprender por qué acaba de contarle eso sin que nadie le pregunte. Se le ocurren varios motivos, pero todos parecen demasiado emocionales como para tener sentido.

Lo que hace Jim es también puramente emocional, y poco recomendable según sus propios cánones, pero en ese momento parece lo correcto. Simplemente porque las manos de Spock se han quedado ahí, sobre sus rodillas, solas e inmóviles. Largas y elegantes. Deja su copa de vino en la mesilla y las recoge entre las suyas, intuyendo más que oye la inhalación de Spock. Es entonces cuando recuerda, demasiado tarde, que ha leído algo sobre vulcanos y manos y zonas sensibles del cuerpo. La verdad es que, cuando se acuerda, en lo último que piensa es en soltarlas. Spock acaba de confesar que no duerme por las noches desde que su planeta estalló en mil pedazos –desde que vio a su madre por última vez, seguramente perdida y asustada; seguramente tan perdida y asustada como él, cuando apareció en la sala de transportadores con la mano extendida hacia el vacío–, y Jim va a consolarlo. Al modo humano. Al modo que él conoce.

Cuando lo besa, Spock está muy quieto. Muy, muy quieto.

Cuando un vulcano está quieto, está completamente inmóvil. El aire entra y sale de su nariz, pero su pecho no se mueve. Jim se siente como si estuviera besando a una estatua, a pesar del calor que desprende el cuerpo de Spock. El pánico no tarda en extenderse por sus venas como una descarga de adrenalina, y los pensamientos se suceden uno tras otro casi por delante de sus ojos.

Mierda, mierda, mierda.

Tú eres gilipollas, en qué coño estás pensando, so gilipollas. Es un puto vulcano, qué haces, qué haces.

El cabrón no se mueve.

Igual es la forma vulcana de decir que le gusta. Claro que entonces el sexo va a ser una puta mierda.

Joder, joder, joder.

Muévete, bastardo cabrón de orejas puntiagudas.


El bastardo se mueve justo cuando Kirk está a punto de apartarse y alegar enajenación mental –no, Spock, verás, la sangre humana circula más rápido que la vulcana, y el alcohol de esta nave se ve que tiene algo raro que se me ha subido a la cabeza y, bueno, ya sabes, diferencias culturales–. Se mueve, muy despacio, pero se mueve. Responde al beso, y lo devuelve, sólo labios. Jim n necesita más, no intenta más. Levanta una mano y la coloca, despacio, sobre el cuello del otro, acostumbrándose a su temperatura corporal, a su manera paciente de moverse, a que el ligero color verdoso de sus mejillas no indica que esté a punto de vomitar.

Es Spock quien busca profundizar el contacto, lo cual lo deja bastante sorprendido. Es Spock quien se pone a explorar, minuciosamente, igual que explora la nave desconocida. Por secciones y en orden alfabético, pero con lengua. Sin embargo, deja las manos donde están, protegidas por la derecha de Jim, que mueve el pulgar sobre ellas.

Cuando rompen el contacto, lo único que siente Jim es que su piel ocupa muy poca superficie. No la suficiente como para que Spock quiera explorarla así. Definitivamente no la suficiente como para almacenar todo lo que lleva dentro.

El vulcano se levanta despacio, dejándole las manos frías, extendiendo sus piernas eternas delante de él. Desde arriba –desde los tres Himalayas uno encima de otro que implica la altura de Spock–, le dirige una mirada profunda, intensa. No parece preocupada. Es difícil saberlo, pero Kirk cree que no parece arrepentida. Sólo intensa.

–Buenas noches, Jim.

Podría decirle que ni de coña buenas noches, vulcano. Podría pedirle que se quedara, y está bastante seguro de que encontraría alguna forma de convencerlo. No parece tener mucho sentido que duerman separados, si ya saben que ninguno de los dos va a dormir.

No lo hace. Tiene tres razones –más o menos– lógicas.

Una consiste en las palabras de Uhura, que le resuenan en la cabeza. Se avergüenza de sus emociones. Vulnerable. No lo presiones. Despacio. Acaba de comprobar que Spock lo necesita. Tal vez para analizar sus propias acciones, paso a paso, y estar absolutamente seguro de que son las correctas.

La segunda es que, joder, por una vez en su vida le apetece ir despacio. Siempre ha sido del tipo de “ya, lo quiero ya, lo tengo ya”, y ahora de repente está Spock, que es un alienígena que se avergüenza de sentir cosas y pierde el sueño pensando en su madre muerta. No quiere ir como siempre. Quiere sentirse como un adolescente enamorado por primera vez, conocerlo paso a paso, descubrirlo.

La tercera es algo absurda, y tiene que ver con la Enterprise. Lo que siente por ese montón de chatarra es más intenso que lo que ha tenido con la mayoría de sus novias. Y sabe que, cuando sea o como sea, lo que pase entre Spock y él tiene que pasar dentro de la USS Enterprise.

–Buenas noches, Spock.


###



La mañana artificial de la Andromeda se cuela por los resquicios de la puerta apenas unos minutos antes de que Uhura la abra.

–Me temo que llegas un poco tarde, cariño, no soy de los mañaneros. Pero vuelve en un par de horas, ¿eh?

–Capitán –lo ignora ella, con la voz clara y calmada que reserva para emergencias–, me temo que está pasando algo en la Enterprise –Jim desecha el flirteo inmediatamente, y se aleja de la ventana en que estaba apoyado para mirarla de cerca–. Me he despertado pronto, así que he ido al panel de comunicaciones y he estado comprobando las lecturas de los receptores. Hay una llamada de socorro, desde una cabina de almacenamiento de nuestra nave. El comunicador no es el oficial, pero el código de seguridad es de Scotty; podría haber manipulado algún otro aparato para tratar de comunicarse con nosotros.

–¿Tres horas, has dicho?

Uhura asiente.

–El mensaje había sido encriptado tras su recepción. Me ha costado bastante burlar el sistema.

–Bien hecho. Ve a avisar a Spock; que venga aquí inmediatamente.

En los dos minutos y pico que Jim se queda solo en la habitación de invitados, ese “tres horas” pasa por su mente en bucle, una y otra vez. Scotty lanzó una llamada de emergencia hace tres horas. Es demasiado tiempo, un tiempo en que él no estaba en su nave. Con su tripulación.

–Capitán –Spock entra varios pasos antes que Uhura y se aproxima a él, sin preámbulos–, parece claro que no podemos confiar en los oficiales de esta nave. El mensaje de socorro trataba de ser ocultado a Starfleet, y a nosotros. Sospecho que miembros de la tripulación se han trasladado a la Enterprise, provocando la emergencia de que se quejaba Scotty.

Jim clava la mirada en los ojos del vulcano todo el tiempo, sin tener claro que lo haga para entenderlo mejor o porque los músculos no le obedecen y no tiene otra opción.

–¿Qué opciones tenemos?

–Seguir tratando de contactar con la Enterprise, con un siete coma tres por ciento de probabilidad de éxito. Interrogar a un oficial de la Andrómeda, con un sesenta y siete por ciento. Introducirnos en su sala de transportadores y regresar a nuestra nave: cuarenta y ocho por ciento, con un cierto margen de error dependiendo de sus medidas de seguridad. Encarar al capitán: veintisiete coma cuatro por ciento.

–De acuerdo –Kirk repasa mentalmente la situación, organizando y descartando planes de acción a toda velocidad, mientras los ojos de Spock lo siguen atentamente–. Uhura, trata de devolver la señal y contactar con Scotty. Camufla las emisiones todo lo que puedas. Si no consigues nada, ponte con la sala de transportadores y comprueba si podemos volver a la nave –la chica asiente y se aleja con diligencia, lanzándoles una última mirada de preocupación–. Spock, conmigo. Vamos a enterarnos de qué está pasando.

Ambos salen y recorren los pasillos, mayormente desiertos en esta zona de la nave.

–Eh. Spock.

–¿Es un asunto relacionado con la situación de emergencia que se alza ante nosotros?

–No, pero…

–No es el momento ni el lugar, capitán.

Los pasos ágiles de Spock resuenan entre las paredes vacías, dando ritmo al desplazamiento. Kirk se siente en tensión hasta que comienzan a encontrarse gente, y no lamenta demasiado la oportunidad cuando un oficial de transportes se cuela en un pasillo vacío, solo.

El primer puñetazo le duele más a él que al otro. Forcejean hasta que Kirk logra inmovilizarlo contra una pared, y ofrecérselo a Spock cual sacrificio ritual. Sin embargo, cuando el oficial científico busca en su cuello, apretando los puntos clave para hacerle perder el conocimiento, el otro no sólo no cae, sino que se revuelve contra la sujeción de Jim hasta que consigue liberarse y darle una patada en el estómago. Se dobla por la mitad con un gemido de dolor, y queda inmovilizado mientras los otros dos se enzarzan en una pelea ágil y rápida que apenas puede seguir.

Cuando consigue levantarse, aprovecha la confusión tras un golpe de Spock para entrar de nuevo en la lucha. Su enemigo lo agarra de la camisa y lo estrella contra la pared, pero Kirk abre la puerta de un armario cercano y le da un golpe en la cabeza. Al caer, el oficial se lleva la mitad de su camisa, que agarra con fuerza incluso al perder el conocimiento.

Kirk y Spock intercambian una mirada larga, jadeando. A Jim se le ocurren otros contextos en que podrían estar haciendo algo así, y no se resiste a darle una patada débil al hombre del suelo. No tiene intención de ser racional al respecto.

–¿Qué coño ha sido eso?

Spock ya ha deslizado su largo cuerpo hacia abajo para estudiarlo.

–Este oficial parece no ser humano.

–Oh, mierda –dice Kirk, cuando se da cuenta de lo que eso implica–. Un androide. Con razón me duelen tanto los nudillos. ¿Y no puedes leerle los circuitos?

Spock ladea la cabeza en su dirección.

–No puedo realizar una fusión de mentes con una máquina, si eso es a lo que se refiere.

–Bueno, son impulsos eléctricos, ¿no?

–Cada proceso de pensamiento está formado por impulsos eléctricos, sí. Sin embargo, no esperará comparar un cerebro racional a una inteligencia artificial.

–Habría que ver qué cerebro y qué inteligencia –murmura él.

–¿Capitán? –Spock alza una ceja, entre irritado y desaprobador.

–Vale, vale. ¿Puedes manipularle los circuitos o algo?

–Estoy en ello.

–¿Y por qué me sigues llamando capitán?

–Considero que nuestra relación laboral no debería verse afectada por cualquier otro aspecto de índole personal –dice sin inmutarse, sacando herramientas de la mochila y buscando en la nuca del androide.

–No creo que la forma de dirigirte a mí vaya a afectar mi eficiencia.

–De acuerdo, entonces. ¿Puedes alcanzarme ese destornillador, cariño?

Jim se queda con la boca abierta, tratando de asimilar lo que acaba de pasar. Trata de decir algo, y fracasa. Juraría que Spock está intentando contener la risa.

–Por favor, capitán.

–¿Eh?

–El destornillador.

–Ah, sí. Voy.

–Gracias.

Cuando cambia de manos, Spock lo mira directamente, desde cerca, con los restos del equivalente vulcano a una sonrisa. Jim piensa que es el momento perfecto para besarle. Un roce corto, sólo para marcar terreno y no retroceder respecto a la noche anterior.

Spock baja la mirada y clava el destornillador en la sien del androide.


###



–Aquí Uhura. Me ha sido imposible contactar con la Enterprise, pero he estado filtrándome en el sistema y puedo transportarnos allí.

–Buen trabajo –Kirk se maravilla una vez más ante las habilidades de la chica, y lo invade el orgullo por su tripulación–. Busca un lugar seguro donde esperar, cerca de la sala de transportes; nos reuniremos contigo allí. Que no te vean.

–Entendido.

Jim se vuelve hacia Spock, que escucha su informe sin dejar de mover los dedos entre los circuitos internos del androide.

–Listo –dice al fin, volviendo a colocar la cara en su sitio–. Anuladas las funciones de locomoción, y programado para informar. Contestará a todo lo que preguntemos.

–Genial –sonríe Kirk, poniéndose en cuclillas para examinar de cerca al androide. No lo parece en absoluto, ahora que los cables tras la cara están ocultos; y sin embargo hay algo inquietante cuando habla sin abrir los ojos y sin expresión en la voz–. ¿Quién eres?

–Oficial Gamma-294, lugarteniente especializado en transporte de personal y mercancías.

–¿Cuál es tu misión actual?

–Transmisión de información.

–¿Y la anterior?

–Informe sobre el avance en capacidad defensiva de la nave USS Enterprise.

Kirk intercambia una mirada preocupada con Spock.

–¿Por qué? –gruñe, apretando los dientes.

–No existe un porqué; se me ha programado para seguir órde…

–No, no. ¿Por qué están estudiando las defensas de mi nave?

–No dispongo de tal información.

–¿Cuál es el plan para la Enterprise?

–No dispongo de tal información.

–¿De qué información dispones respecto a ella?

–Nave espacial de la Federación de Planetas Unidos; código de identificación NCC-1701…

–Spock, ¿puedo darle un puñetazo?

–Eso, señor, sería ilógico.

–¿Puedo dártelo a ti?

El vulcano se limita a alzar una ceja y aproximarse al androide, acuclillándose en una pose que no debería parecer tan natural.

–Oficial, reproduzca en orden inverso las órdenes que ha recibido hasta el día de hoy, y su emisor.

–Oficial Delta-172: informe sobre la capacidad defensiva de la USS Enterprise. Oficial Delta-054: Control rutinario del funcionamiento de los transportadores. Oficial Alfa-203: Transporte de androides a bordo de la USS Enter…

–¿Cuántos androides? –interrumpe Kirk, mirando a Spock.

–Cincuenta y siete, en la primera tirada.

–¿Y en total?

–Doscientos treinta y uno.

–¿Doscien…? –Kirk se levanta para pasear rápidamente de un lado a otro, desordenándose el pelo–. ¿Cuántos androides hay en esta nave?

–Seiscientos cuarenta y cinco.

–¿Cuántos humanos?

–Diecinueve.

Kirk se para en seco.

–No puede ser.

–Oficial –dice Spock, con los ojos entornados–, ¿cuántos humanos había a bordo según el informe anterior?

–Fecha estelar 2495.9; sesenta y cuatro humanos.

Spock y Kirk comparten una larga mirada preocupada.

–Los están exterminando.

–Y reemplazando por androides.

Echan a correr hacia la sala de transportadores, dejando a la máquina atrás. Jim se siente traicionado y paranoico. Probablemente sea su imaginación, pero la gente que cruzan por los pasillos se le antoja inhumana, carente de expresión. Faltan risas, conversaciones a gritos, estrés.

–Esto parece una nave vulcana –murmura.

–Justamente lo que yo estaba pensando –contesta Spock, con más interés del que debería sentir.

Kirk contacta con Uhura, y los tres se reúnen en la sala de transportadores, que la chica ya se ha encargado de despejar.

–Una vez me he dado cuenta, sólo hacía falta un fuerte golpe en la nuca, o llegar a los circuitos de la parte baja de la espalda.

–Me habría gustado ver eso –dice Kirk, colocándose en el perímetro de transporte–. Mándanos a las bodegas de carga; deberían estar despejadas.

Uhura programa los controles y se une a ellos. Los tres intercambian un breve asentimiento preocupado antes de desaparecer.


###

Parte 2
Parte 3

Comments

( 17 daimonions — Mata un espanto )
aomwrr
Aug. 12th, 2009 05:49 pm (UTC)
A ver. O sea. XD Que yo me iba a desconectar ya para hacer algo por mi porvenir laboral (o lo que es lo mismo, estudiar para septiembre). Y echo el último vistazo de rigor a la flist...y veo otro update del Baby Bang. Pero en tu journal. con un icon de Spock que ya no me extraña y me llena de butterflies el estómago xD Y entonces me doy cuenta de que...has escrito un fic de reboot!JJ!ST. Fic con pOrn. Fic K/S. Y flipo en technicolor cuando empiezo a leerlo. Porque es más EPIC que cualquier cosa que hubiera imaginado...y me tienes enganchada...y voy a tener que arrastrarme fuera y lejos del pc si quiero hacer algo esta tarde xD PERO TENDRÉ QUE VOLVER PARA SABER MÁS! OMFG QUÉ CLIFFY XDDDDDDDD me voy a autotorturar unas horas sabiendo que habrá premio después. Qué geniales las caracterizaciones, y la evolución de los sentimientos de Jim y really...cuánta UST, y cuánta aventura pwneante...muy pero que muy canónico, con un plot digno de TOS ;)!!!!

p.d. xDD además me sentí un poco vulcana al reparar tmb en que el pseudoChekov había llamdo Scott a Scotty LOL XD

"Igual es la forma vulcana de decir que le gusta. Claro que entonces el sexo va a ser una puta mierda" PRICELESS! tu Jim es mi Dios ahora mismo (L)
ronnachu
Aug. 16th, 2009 10:17 pm (UTC)
Y yo no sé por qué contesto los comentarios al revés y no me doy cuenta de que TAMBIÉN me has dicho que he hecho un plot digno de TOS *se sube por las paredes* GRACIAS, tú. Ahora no sé qué voy a hacer con mi ego inflado xDDDD
(Deleted comment)
ronnachu
Aug. 16th, 2009 10:18 pm (UTC)
¿Y por qué no le echas un vistazo a la peli? Molaría tenerte por aquí :P Pero vamos, que tú miras los dibujos de mis fanartistas y te haces una idea bastante acertada: maravillosidad desde los cuatro confines de este universo y los paralelos ♥♥
(Deleted comment)
ronnachu
Aug. 17th, 2009 05:23 pm (UTC)
Si al final tengo a todo el mundo acojonao porque piensan que una falta de ortografía en mi presencia es una blasfemia xDDDDD Llegará el punto en que nadie se atreverá a hablarme y me quedaré sin amigos. Tendré que ir criticando a gritos los carteles que me encuentre por la calle, alas.
(Deleted comment)
ronnachu
Aug. 17th, 2009 06:04 pm (UTC)
*points icon*
(Deleted comment)
ronnachu
Aug. 17th, 2009 11:37 pm (UTC)
Damn! Bueno, pues también me sirve. Tell them stories. No dice que sean true stories. O algo. Buh! STFU!
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ronnachu
Aug. 18th, 2009 01:30 pm (UTC)
Oh. Eso ha dolido.

(He tenido que ir a por un icono de AVPM por tu culpa, que lo sepas.)
(Deleted comment)
ronnachu
Aug. 18th, 2009 02:02 pm (UTC)
Lo que sea, hereje.
(Deleted comment)
ronnachu
Aug. 18th, 2009 02:17 pm (UTC)
Precisamente por eso, no-minion! Ay no, espera, que eso ya te lo había perdonado. Pues... Pues... ¡Totta!
superboneca
Aug. 13th, 2009 04:35 pm (UTC)
Ahh, por Dios!!
No se nada del Baby bang, pero amo star trek, me encanta. Y estaba por apagar la pc y me encuentro con esto. ESTA GENIAL. adoro tu Jim y tu Spock, maravillosos los dos.
mil felicitaciones *sigue leyendo*
( 17 daimonions — Mata un espanto )

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