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What are little Vulcans made of (2/3)

Parte 1
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Cuando se materializan, Kirk se toma un momento para asimilar la idea de que vuelve a estar en su nave, en casa. Las bodegas no son un lugar especialmente bonito o acogedor, y sin embargo siente un peso alzarse de sus hombros, porque es suyo. Lanza una sonrisa a Spock sin ser del todo consciente de ello, y juraría que en la mirada que el otro le devuelve hay comprensión. Dura un instante; pronto Spock se gira en dirección a la puerta.

Se ponen en marcha rápidamente, explorando las habitaciones en dirección a los motores y los paneles de control.

–¿Han oído eso? –dice Spock de repente, y los tres se detienen para prestar atención. Kirk no oye nada, pero sigue las señales de Spock, cuya audición es mejor. Se acerca a una pared y apoya en ella una oreja puntiaguda–. Confirmado. Voces, aparentemente humanas.

Kirk acerca también la oreja y escucha atentamente hasta oír una carcajada estruendosa; sonríe.

–Bones –siguiendo el sonido, encuentran una puerta bloqueada. Spock saca su caja de herramientas; Kirk saca el fáser–. ¡Bones, échate atrás!

Destroza el cerrojo y abre la puerta de una patada, para ver a varios de sus tripulantes mirándolo con una mezcla de gravedad y alivio. Bones está sonriendo en primera fila, junto a Scotty, y otros oficiales entre los que reconoce a Lagarde, McKinnon o Kilt, con los que ha compartido más de una cerveza.

–Eso no era completamente necesario, capitán –le reprocha Spock a su espalda.

–Oh, ya lo creo que lo era –dice Bones, saliendo de la improvisada celda–. El tiempo es esencial –tiene buen aspecto, aparte del semblante preocupado; pero éste es tan habitual en él que Kirk empieza a considerarlo un rasgo inherente al doctor, y decide que está bien–. Jim, han sustituido a todo el puente de mando. Llegaron desde los transportadores, los capturaron y se los llevaron, no tengo ni idea de adónde. Pero han colocado clones idénticos a ellos. La mayoría de la tripulación no se ha enterado de nada; nosotros somos los que nos hemos dado cuenta –Kirk echa un vistazo aprobador a los que lo rodean, asintiendo gravemente–. Más les vale no estar haciendo una copia mía –gruñe el médico.

–Son androides –dice, y Bones se limita a alargar su gruñido.

–Odio los robots.

–¿Cuántos sustituidos?

–No sé. Treinta, cuarenta. Eso por lo que calculo cuando nos encerraron, hace unas tres horas.

–¿Tenéis fáseres?

–¿Crees que si tuviéramos de ésos íbamos a estar aquí tan tranquilos?

Kirk saca un arma del hueco junto a su tobillo y se la pasa. Con una mirada, indica a sus compañeros que hagan lo mismo. Spock se saca un fáser de la manga para dárselo a Scotty, y Uhura lo coge también del tobillo y se lo pasa al capitán.

–Lagarde, ven aquí –dice él, entregándoselo a un francés con camisa roja y expresión decidida–. El resto esperad aquí, y avisadme inmediatamente si se dan cuenta de que nos hemos ido. No os separéis, y no os fiéis de nadie. Vamos.

Tras deshabilitar a los cuatro androides que vigilaban los paneles de control, echan un vistazo al estado de la nave. Siguen en órbita en torno al planeta Orgon, lo cual no es un dato excesivamente positivo: Kirk ha tenido trato con los orgones, y no es una experiencia que sienta deseos de repetir. Son una raza violenta, en guerra permanente con la Federación. No encontrarán auxilio en el planeta. Siguen a rango de transportador de la Andromeda; al parecer, lo único que han hecho los androides es controlar y examinar la nave.

–No aparentan buscar un objetivo concreto a corto plazo, sino más bien apoderarse de la Enterprise –apunta Spock.

–Con androides capaces de replicar y sustituir humanos, podrían hacerse con media flota estelar –se queja Scotty, negando con la cabeza. Bones suspira.

–A mí me parece un objetivo bastante concreto.

–Por encima de mi cadáver –gruñe Kirk, comprobando luces y estados frenéticamente, buscando una respuesta en los paneles–. Necesitamos un plan. Spock, opciones.

–Enfrentarnos físicamente a los androides: doce coma siete por ciento de probabilidad de éxito. Recuperar el puente de mando por la fuerza: cuarenta y uno coma cinco, con rango de error en función del número de androides. Alertar a la tripulación no me parece recomendable; podría desembocar en lucha general, y perderíamos el factor sorpresa.

–¿Hay alguna forma de deshabilitarlos a todos a la vez? ¿Están conectados unos a otros?

–Según he observado, existe un ordenador central en la Andromeda. Todos reciben señales e información de él, es la central de comunicaciones. Sin embargo, en cuanto a la energía que los mantiene en movimiento, me temo que son autónomos.

–Capitán –Uhura habla rápido cuando tiene una idea–, las señales de sus comunicaciones son parecidas a las que usamos en nuestra red interna. Si tuviera a mi disposición los controles del puente de mando, podría desconectarlos con facilidad, aislándolos unos de otros.

–¿Spock?

–Puede resultar un movimiento útil.

–¿Más sugerencias? ¿Ideas? ¿Algo? –todos se miran unos a otros, rebuscando información útil–. Está bien. Scotty, quédate aquí y cuida los paneles. Bloquea todos los accesos a esta sala en cuanto salgamos, y habla sólo conmigo. Ve pensando en alguna manera de deshabilitarlos a todos.

–¿Cómo sabré que eres tú?

–Te insultaré –le dirige una sonrisa canalla–. Y ahora vamos a rescatar mi silla.


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Kirk entra en el puente de mando con pasos rápidos, irradiando confianza, igual que todos los días. Excepto los miércoles, porque los miércoles tiene turno Alfa, lo cual implica levantarse a las cuatro de la mañana, pero ése es otro asunto. Se acomoda en su silla, cruza las piernas, y juega con sus pulgares un par de segundos, incrementando el efecto dramático. Spock se coloca de pie a su lado; su persona constituye una maravillosa fuente de irritación y misterio, justo lo que quieren conseguir. Sin apartar la vista del panel frontal, Kirk apoya los codos sobre las rodillas y se dirige a los paneles delanteros con fingida intimidad.

–Chekov, informe.

El ruso lo mira con extrañeza, algo más tiempo del estrictamente necesario. Kirk finge que no se da cuenta, aun a sabiendas de que ahora mismo estará informando a todos sus colegas de que algo no va como debería. Después de todo, era sólo cuestión de tiempo que se dieran cuenta.

–Situación estable y sin cambios, señor. Esperábamos su regreso… aunque no tan pronto.

El cabrón ha copiado su acento. Y lo imita bien, demasiado bien, mirándolo con ese claro interrogante en la mirada. Más les vale no haberte tocado un pelo de la cabeza para hacerte esto, Chekov.

–Me llevé un par de cerebritos que pueden arreglar cualquier circuito –Kirk le dedica una sonrisa. No demasiado forzada, le parece a él, aunque ¿puede un androide percibir algo así?–. Pero cuando hemos intentado hablar con la sala de transportadores de esta nave no había nadie, así que nos hemos encargado de llegar solitos a casa.

–Averiguaré qué ha pasado, señor, no se preocupe.

–Oh, no me preocupo –Kirk espera un par de segundos prudenciales, haciendo un gesto a Uhura para que se coloque en su puesto ahora que parece claro que nadie tiene intención de amotinarse en un futuro próximo–. Chekov, quedas relevado de tus obligaciones temporales de mando. Lo mismo contigo, Sulu. Creo que Spock y yo podemos volver a encargarnos de la señorita.

De nuevo, el silencio que precede a la respuesta es demasiado largo. Jim intercambia una mirada tensa con Spock, cruzando los dedos a la espalda mientras considera todas las posibles resoluciones de la situación. En su panel, Uhura se aprieta un auricular contra la oreja, buscando entre las frecuencias mientras teclea frenéticamente.

–Muy bien, señor –dice entonces Sulu, seguido casi de inmediato por el “por supuesto, capitán” de Chekov.

Kirk se hunde entonces en su asiento, sin perder del todo la tensión. La férrea presencia de Spock a su lado, apoyado en el respaldo, le resulta tranquilizadora, a pesar de que no puede hablar con él. Ahora sólo tienen que dar algo de tiempo a Uhura, para lo cual…

–Hemos perdido comunicaciones con la Andromeda –dice Sulu repentinamente. Jim le echa un vistazo a la chica, que le guiña un ojo, claramente orgullosa de sí misma y posiblemente planteándose pedir un aumento de sueldo que su capitán no sabe si podrá permitirse. Todo problemas.

–No, señor Sulu –le contradice Uhura con tono inocente–, seguimos en perfecta comunicación con ellos. Es esa lucecita de ahí.

El piloto la mira, confuso, antes de volver a centrarse en su panel.

–Sí. Tiene razón, lugarteniente. Fallo mío.

–¿Por qué no lo comprobamos? –pregunta Kirk alegremente–. Uhura, ponme con el capitán Ortega. No he tenido ocasión de despedirme de él.

–De inmediato, señor.

Diego aparece en pantalla con ademán relajado, una sonrisa ligeramente irritada en el rostro.

–Vaya, James, esperaba que me otorgaras tu presencia durante algo más de tiempo.

Kirk sonríe, sabiendo que cada uno de sus gestos está siendo analizado. Toda esta situación le parece increíblemente divertida, ahora que Kirk sabe que Ortega no sabe si Kirk sabe que su nave está llena de robots. Tiene que contener la risa cuando se imagina lo que contestaría Spock a eso.

–Y yo pensaba disfrutar de la tuya, ciertamente –dice, preguntándose ahora si las insinuaciones del otro capitán eran sinceras, o parte del plan. Probablemente, ambas cosas–, pero tuvimos problemas con alguno de tus androides, y decidimos salir de allí lo antes posible. Tratamos de contactar contigo, y no pudimos –miente como un bellaco, y Ortega lo sabe. Pero ¿está seguro? Y, sobre todo, ¿hará algo al respecto?–. Muchas gracias por tu hospitalidad, Diego; espero que volvamos a vernos pronto.

–¿Adónde te diriges?

–Vamos hacia la base general de Starfleet, después de un descanso en el sector Delta VII –contesta Jim. El plan original era ir directos a Starfleet, para el transporte de unas mercancías que Ortega nunca pretendió que salieran de allí. Sin embargo, dejar ese plan intacto podría hacerle pensar que piensa ir directo a delatarle. Alterarlo, por otra parte, puede hacerle sospechar que miente descaradamente para encubrir que va a delatarle. Lo que quiere Jim es confundirle, para lo que mezcla un poco de cada–. Creo que merecemos un descanso por aquí.

–Tengo un tío en Delta VII –comenta Chekov con tono afable, y Kirk hunde las uñas en la tapicería de la silla. Una mirada de advertencia por parte de Spock es lo único que le impide levantarse y arrancarle la cabeza a ese montón de circuitos–. Vino con su esposa en la fiebre del titanium, cuando descubrieron las minas en Gaal.

–De acuerdo entonces, James –apunta Ortega, ignorándolo–. Buen viaje. Me alegro de haber vuelto a verte.

–Lo mismo digo.

Con una señal a Uhura, la cara del capitán desaparece para dar paso a una vista de Orgon y un trocito de cielo estrellado.

–Velocidad de warp, Sulu. Factor 1.

–Sí, capitán –asiente el piloto sin volverse, mientras el comunicador de Jim se ilumina con la señal del panel de control. Kirk se levanta y entra al turbolift para no ser escuchado.

–Scotty, bastardo hijo de puta –saluda alegremente–, más te vale que sean buenas noticias.


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–¡Yo puedo hacerlo, señor! –son las primeras palabras que pronuncia Chekov, agarrándole emocionado de los hombros, en cuanto sale del improvisado calabozo que Scotty ha descubierto desde los controles. Sulu y otros catorce o quince tripulantes sonríen, agradecidos.

–Yo también me alegro de verte, muchacho.

–¡Pero puedo hacerlo! Llevo hora y media trazando el plan, lo he discutido una y otra vez con Sulu, podemos acabar con ellos. Con todos ellos, a la vez. Porque no habéis acabado con ellos aún, ¿sí? –el ruso parece casi decepcionado ante la idea de que la nave esté ya a salvo sin su colaboración.

–No, aún no.

–¡Bien!, sólo necesito traspasar un veintiocho coma setenta y cuatro por ciento de la energía de los motores al sensor interno, programar y enviar una onda hacia el interior de la nave. Pasará por aparatos eléctricos y fáseres, deshabilitando cualquier sistema autónomo. Todos los androides quedarán como muertos.

–Y también nuestros motores –aporta Sulu–, nuestros escudos, nuestras armas y nuestros replicadores de comida.

–¡Pero nosotros podemos repararlos fácilmente!, ellos no tendrán tiempo.

–Siempre y cuando no tengan una fuente energética de reserva en su nave, y aquí es donde está el peligro: creemos que sus comunicaciones proceden de la Andromeda, en cuyo caso nuestro plan no servirá de nada hasta que hayamos desconectado a los androides unos de otros.

–Uhura ya se ha encargado de eso –dice Kirk, con el tono de un padre orgulloso.

–¡Excelente! –Chekov se adelanta como para ir a abrazar a la chica, que da un paso atrás, haciéndole cambiar de idea–. ¡Magnífico! ¿Dónde está el señor Spock?, necesito calcular ciertos efectos de la onda sobre el personal…

Spock está encantado de involucrarse en una discusión de tácticas con el oficial, mientras Kirk se acerca a comprobar el estado del resto de ellos. Se entera de que todos han sido introducidos en una máquina que los androides traían con ellos desde los transportadores, y que parece ser el replicador.

–Copian el genoma y los datos cerebrales, que incluyen la memoria, y se llevan una muestra de piel –le explica la enfermera Chapel con su tono claro y afable–. Después desarrollan un androide que comparte apariencia, hábitos y recuerdos con el humano original. Nosotros somos el segundo grupo que ha pasado por esta prueba; el primero estaba con nosotros, pero hace alrededor de una hora que vinieron a por ellos.

–¿Dónde supones que los habrán llevado?

La enfermera niega con la cabeza, lentamente.

–No tenían más utilidad para ellos. Sospecho que nos conservan vivos hasta comprobar que las copias son válidas y no necesitan repetirlas, y después… –la desolación es obvia en sus ojos, y se instala a través de ellos en el estómago de Jim.

–¿A cuántos se han llevado ya?

–Once, capitán.

Kirk se toma sólo un segundo para lamentarlo; hay trabajo que hacer, desgracias que evitar. Ni siquiera está claro que hayan muerto. La clave es moverse rápido, buscar. No pensar, no aún. Ya habrá tiempo cuando la nave esté a salvo.

–Escuchadme todos –alza la voz, y el murmullo decae inmediatamente–. Quien tenga algo que hacer en el puente de mando, que siga a Spock. El resto vendrá conmigo a los paneles de control. Son las dos zonas que más hay que proteger en estos momentos; sin ellas, estamos perdidos –se arrepiente ya de no haberse empeñado en despejar el puente. Spock pensaba que sería inconveniente dejarlo sin asistencia, incluso robot, mientras iban en misión de rescate, pero a él le duele cada segundo que la Enterprise pasa dominada por manos ajenas a él–. Manteneos unidos y desconfiad de todo el que no vaya en el grupo desde el principio.

Se separan en dos grupos, demasiado grandes para el gusto de Kirk; sin confianza de unos miembros en otros, demasiado fáciles de infiltrar. Aun así, no se atreve a dividirlos más. Intercambia una última mirada con Spock, y un roce de manos del que el otro parece huir, antes de colocarse en la retaguardia de su grupo, colocando los pasillos laterales junto a Lagarde. Le faltan ojos para mirar en todas direcciones y controlar todos los accesos.

Cuando el ataque empieza, el rayo del primer fáser disparado se estrella contra la pared a medio metro de su mano. Kirk dispara en la dirección general de la procedencia casi antes de pararse a pensar.

–¡Alerta! –grita Lagarde, escondiéndose tras una fuente y asomando el fáser–. ¡Nos atacan, nos atacan!

–¡Corred hacia los paneles, rápido! ¡Os cubrimos! –grita Kirk a los otros–. ¡Lagarde, quédate donde estás y dispara a derribar! –imita al francés, tirándose al suelo en el cruce de un pasillo, y luego se limita a disparar a toda mancha de forma humanoide que carga un fáser. No tiene tiempo para considerar la posibilidad de que no sean androides; están disparando sin motivo, y su grupo tiene que llegar al destino, completo. Se le encoge el estómago cuando ve que una de las formas que acaba de caer bajo su arma tiene el moño apretado de la enfermera Chapel.

Cuando el intercambio de disparos baja de velocidad, hay tres androides en el suelo y dos escondidos en posiciones estratégicas. Lagarde derriba a un cuarto, y tras una lucha interminable logran llegar a los circuitos internos del último. Jim se derrumba, sin apartar una mirada desconfiada de ellos. El francés sonríe ampliamente y se levanta, extendiendo hacia él una mano victoriosa para ayudarlo a incorporarse. Kirk sonríe y la coge.

–Gracias, Lagarde –y entonces uno de los androides dispara de nuevo, desde el suelo, acertándole en la mitad del pecho con lo que a Kirk le parece una infinita ráfaga de rayos de fáser. Lagarde muere antes de llegar al suelo, sin que sus labios hayan perdido del todo la expresión de orgullo.

Kirk tarda varios segundos en reaccionar, su mano aún extendida. Cuando lo hace, toda su furia cae sobre el androide, que esta vez queda totalmente desconectado. Se asegura de ello. Lleno de rabia y frustración, Jim se acerca corriendo, disparando sin parar su cuerpo inerte, hasta que llega al lugar en que los cinco robots se amontonan. Aparte de la enfermera Chapel –el arma parece totalmente fuera de lugar en sus delicadas manos, por no hablar del enjambre de cables que escapa de sus caderas–, reconoce a la copia de Teete –un joven neoyorquino que no estuvo en el ataque contra los romulanos porque le pilló de vacaciones, visitando a la familia–; sin embargo, los otros tres rostros le resultan desconocidos. Una ola de culpabilidad lo asalta; ¿podría haber mandado a la muerte a soldados cuyo nombre ni siquiera conoce? ¿Puede acaso conocer a todos sus soldados y, aun así, mandarlos a la muerte?

Volviendo a su posición defensiva, Jim recoge el cuerpo de Lagarde –Pierre, le parece que se llama, o Philippe. No sabe si tiene familia o amigos en casa. No sabe si los tiene aquí– y se lo pasa por los hombros con la intención de llevarlo hacia los paneles de control. No lo consigue; no ha dado aún tres pasos cuando un nuevo frente de androides se aproxima desde su derecha.

Se ve obligado a utilizar el cuerpo del francés como un escudo contra los primeros rayos. Deja escapar una serie de blasfemias y gritos de guerra mientras vuelve a tirarse al suelo, arrastrándose hasta una esquina que lo proteja. Al disparar, echa un vistazo al nuevo frente que se aproxima. Nueve androides disparan en su dirección. No cree que vaya a poder acabar con ellos; ha perdido su posición estratégica, le queda poca potencia de fáser, la diferencia numérica es excesiva. Pero no deja de disparar, asomando su arma por la esquina, dejando escapar una ráfaga, volviendo atrás para respirar unos segundos.

Sin previo aviso, su fáser deja de funcionar. No hay indicación de falta de potencia; no hay nada. El arma se limita a apagarse. Genial. Ni siquiera voy a poder morir disparando. Se levanta, y echa a correr hacia los androides con un salvaje grito de guerra; al menos, deshabilitará a alguno de un golpe en la cabeza antes de que acaben con él.

Sin embargo, los nueve están quietos, y no hacen un solo movimiento amenazante hacia él. Kirk va ralentizando su paso, desconfiado, hasta que se convence. Uno de ellos se ha detenido a medio paso –Chin, cree recordar que es su apellido. Su novio está en algún lugar de esta nave; Jim los ha visto enrollándose en alguna esquina, escabulléndose del trabajo. La última vez les inventó una coartada cuando la solterona amargada que se encarga de la producción les estaba echando un sermón. Está bastante seguro de que no estaba entre los supervivientes del segundo grupo–. Kirk se detiene delante de todos ellos, esperando a que pase algo, a que lo miren todos a la vez y lo fulminen con la mirada, o algo por el estilo.

–¡Capitán! –chilla su comunicador, emocionado–. ¡Lo he conseguido! ¡Lo he hecho, señor, los he desconectado a todos!

Kirk se permite una sonrisa cansada.

–Sí, Chekov, lo has hecho. Buen trabajo.

Después vuelve atrás, donde descansa el cadáver de Pierre, o Philippe, y se deja caer al suelo, a su lado.


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La Enterprise gira con el planeta helado, camuflada en su densa atmósfera, moviéndose elegantemente sin perturbar los gases de la capa superior. Sulu se coloca lo más cerca posible de la otra nave, que orbita llevada por la inercia.

–Escáner de formas de vida. Estado de la nave –ordena Kirk en cuanto la distancia lo permite, y Spock se centra en su pantalla, realizando pruebas.

–La Andromeda se encuentra en perfecto funcionamiento, orbitando alrededor del planeta y al parecer manteniendo relaciones diplomáticas no oficiales con los orgonianos. En cuanto a las formas de vida, hay una.

–¿Una? ¿Estás seguro?

–Completamente. Una forma de vida, en el interior del puente de mando.

–Ya veo. Uhura, abre comunicaciones con el capitán Ortega… en privado. No quiero que nadie más se entere. ¿Puedes hacerlo?

–Ahora mismo, señor.

Sólo tiene el sonido, lo cual es algo que Kirk lamenta; le resultaría útil mirar a Ortega a la cara para valorar sus reacciones. Su tono no es agradable.

–Hola de nuevo, James. ¿Qué te trae de nuevo por este sector?

–Tú, en realidad. Quiero proponerte un trato.

–Te escucho –se oye el gruñido.

–Sé lo que estás tramando –Kirk se levanta, con la urgencia de moverse–. Sé lo que ha pasado con los androides, y sé que querías mi nave. He frustrado tus planes, pero doce de mis hombres han muerto para conseguirlo, y no estoy contento. No permitiré que nadie más pague por tus crímenes. Voy a escoltar tu nave hasta la Federación, para que seáis juzgados. Si os resistís, dispararé.

–¿Y para qué me cuentas esto con tanto secretismo?

Kirk vuelve a dudar si seguir adelante. Se acerca a Spock, sólo para reforzar la idea de que hay algo seguro e inalterable incluso allí, en mitad del espacio, al lado de una nave que apenas posee humanidad.

–Tú eres humano, Diego. El último que queda en kilómetros a la redonda. Sé que crees que los controlas, pero te voy a decir lo que pienso: esos androides son más listos de lo que te imaginas. Te están utilizando. No eres irreemplazable, y ahora mismo controlan tu nave y tienen todo lo que necesitan de ti. Su pensamiento es independiente, pero tiene demasiado de las emociones que han replicado. Creo que están planeando replicarte, y después acabar contigo.

–¿Qué quieres, James? –llega, tras una pausa, la respuesta enfadada del capitán.

–Si se resisten y tenemos que destruir la nave, quiero que vengas con nosotros. Transpórtate a la Enterprise; podemos hacerlo, incluso desde el puente de mando, si tú nos das los códigos. Te llevaremos a la Federación, y tendrás un juicio justo.

Una carcajada carente por completo de humor se cuela por el comunicador.

–¿Crees que me voy a ofrecer voluntariamente para que me esposes y me lleves ante un tribunal?

–Creo –dice Kirk, mirando la nave en la distancia como si pudiese convencerlo con la fuerza de su voluntad– que eres lo suficientemente inteligente como para darte cuenta de que eso es mejor que la muerte.

Breve pausa.

–¿Por qué quieres ayudarme?

–Las vidas de doce hombres pesan sobre mi conciencia. No quiero añadir una más.

–Pero tus hombres han muerto por mi culpa.

–¿Crees que no lo sé? –Jim cierra el puño, haciéndose daño con las uñas–. Por eso mereces un juicio. Mereces que sus familias te vean, y sufrir el dolor en sus ojos. Pero no mueras aquí, no así –está dudando, lo nota. Seguramente porque sospecha de sus androides tanto como Kirk. Tal vez ya lo estén replicando–. No quiero matarte, Diego.

Silencio. Kirk se coloca detrás de su silla, apretando con fuerza el respaldo.

–De acuerdo –dice entonces Ortega–. De acuerdo. Qué diablos, sí. No voy a morir a manos de mi propia creación. Transpórtame.

Jim se desinfla como un globo, y se deja caer en la silla.

–Nos vemos en un rato, Diego –corta la comunicación, y abre otro canal–. Uhura, con el puente de mando de la nave.

La nueva conversación se realiza de forma oficial. Ortega aparece al mando, pero es obvio que el poder de decisión no le corresponde a él. Como esperaban, se rechaza la oferta de Kirk; el diálogo se cierra de malos modos, y ambas naves se preparan para la batalla. Se asegura de que Ortega ha sido transportado a bordo antes de subir escudos, y ordena que se desarme a la nave, dañándola lo menos posible. Es la última nave construida para la Federación, un orgullo para todos. Su intención es escoltarla de vuelta a casa.

El intercambio de fuego no tarda en comenzar, y los escudos resisten estoicamente durante las primeras embestidas. El puente de mando de la Enterprise experimenta la tensión de la batalla, con órdenes a gritos y carreras de un lado a otro; sin embargo, la profesionalidad de todos y cada uno de los tripulantes salta a la vista para un observador habituado a los cambios en el ambiente. No es la primera batalla a la que se enfrentan. Cada uno sabe qué hacer y cómo hacerlo, y las situaciones inesperadas se enfrentan con la inteligencia y la capacidad de improvisación propia de los mejores.

–Capitán, algo va mal –Jim se acerca a Spock para ofrecerle su atención–. Ortega lleva ya unos minutos a bordo y, sin embargo, la forma de vida registrada en mi escáner anterior no parece haber abandonado la Andrómeda.

Un frío helado sube por la espina dorsal de Jim.

–Imposible. ¿Lo has comprobado?

–Tres veces.

–Mierda –mierda, mierda, mierda–. Lo tienen prisionero. Ya lo tenían prisionero. ¡Scotty! –grita, por el comunicador–, ¡hay un hombre en la Andromeda! Transpórtalo, ya. Scotty, ¿me oyes?

–Imposible, señor, ¡tendríamos que bajar los escudos!

–Bájalos durante un par de segundos, ve localizándolo y…

–¡No puedo! Hemos perdido el acceso, no consigo fijar nada aquí.

–¡Apáñatelas como puedas, pero quiero a ese hombre en la Enterprise!

–¡Haré lo que pueda, capitán!

–Me temo –interrumpe Spock suavemente– que acabo de perder la señal. Jim, ya no quedan formas de vida en la Andromeda.

–¿Qué? No, no puede ser. ¡Scotty!

Spock le pone una mano en el hombro, y Kirk lo mira, confundido. Por alguna razón, le parecía increíblemente importante salvar a Ortega, como una forma de demostrarse a sí mismo que era capaz de cumplir una misión sin que muriera nadie. Al parecer, no hoy. Sale del puente, coge el turbolift, y echa a correr hacia la sala de transportadores, sacando el fáser por el camino. Apenas se da cuenta de que Spock lo sigue, dando órdenes a sus espaldas para que Sulu asuma el control.

Ortega está en la sala, vigilado de cerca por dos guardias. Kirk va directo hacia él, apuntándole con el fáser.

–Vaya, vaya, James, ¿no habíamos quedado en que me querías vivo? ¿Acaso lo que de verdad pretendías era vengarte tú mismo?

–¡Tú no estás vivo, maldita máquina! No respiras, no sientes, no quieres, no mueres, por muchas veces que trate de matarte.

La expresión del capitán se hace de cautela.

–Bueno, no saquemos las cosas de quicio, Jimmy. Puede que yo no sea el Diego Ortega original, pero me parezco a él más de lo que imaginas. Más de lo que me gustaría, incluso. Soy un genio, y estas réplicas son casi perfectas, lo cual implica que siento… demasiado. Dolor, rabia, ansia de poder, anhelo por cosas que no pueden ser. Igual que él.

–¿Y sintiendo como él, lo has dejado morir?

–Oh, créeme –un brillo de fanatismo alcanza su mirada–, él habría hecho lo mismo. No es más que un medio para conseguir mis fines, y ¿no son mis fines los suyos? Una muerte más, James. Te sorprendería su historial.

Kirk se acerca a él hasta clavarle el fáser en el estómago, mirándolo de cerca.

–No tenías derecho. Nadie debería haber muerto hoy –bajo la fibra de la piel en que sujeta el arma, los músculos no están donde deberían. Es sólo un montón de carne camuflando la verdadera naturaleza. Jim se siente enfermo, al tiempo que no puede evitar preguntarse si es verdad, si esta cosa siente de la misma forma que Ortega–. Nadie.

Retira el arma, y hace una señal a los guardias para que se acerquen y lo inmovilicen. Se da la vuelta, y camina hacia la salida… hasta que oye un forcejeo a sus espaldas. Cuando se vuelve, Ortega ha robado el fáser de uno de los guardias, y lo ha utilizado para disparar al otro. Cuando Kirk echa a correr, Ortega está cambiando la configuración del fáser; no le da tiempo a esconderse. Los capitanes se apuntan directamente. Jim se da cuenta entonces de que Spock está justo ahí, a su lado, calibrando la situación y moviéndose despacio hacia Ortega, que lo mira de reojo.

–No vas a conseguir nada así –dice Jim, tratando de ganar tiempo–. Esta nave está llena de oficiales, es imposible que los engañes a todos…

–Sólo necesito vivir –el tono del androide es triste, inspirador de compasión–. Un par de minutos más, unas horas, qué más da. Necesito vivir, James. Podría vivir tan bien, en esta nave… Contigo, tal vez…

–No, Diego. No puede ser.

El cambio es tan repentino como brutal. Ortega adopta una expresión de pura rabia y desesperación, y aprieta el gatillo antes de que Kirk tenga tiempo a reaccionar.

–¡JIM! –se oye a su lado algo que no puede ser, no debería ser, la voz de Spock, que se interpone entre el rayo y él, antes de caer al suelo. No, es todo lo que pasa por la mente de Jim mientras dispara rayos aturdidores a Ortega, hasta que uno da en algún circuito interno y el capitán cae al suelo. Se asegura de que no tiene conocimiento antes de precipitarse hacia Spock.

Ha recibido el disparo en el costado izquierdo, pero el golpe importante parece ser el que se ha dado al caer sobre la mesa de controles; un hilo de sangre baja por su estómago.

–Estaré bien, Jim –dice, y no es la esperanza inútil del moribundo, sino la lógica probada del que conoce los hechos y las inevitables consecuencias que derivan de ellos. Kirk deja escapar un largo suspiro de alivio–. No hay ningún órgano interno dañado. Las heridas vulcanas se cierran deprisa. Calculé todos los riesgos y probabilidades para recibir el disparo en el mejor ángulo posible…

Kirk se ríe por lo bajo, y sujeta con fuerza a Spock con una mano, mientras con la otra abre su comunicador.

–Doctor McCoy, lo necesitamos en la sala de transportadores.

Spock se queja de una forma muy poco vulcana, diciendo que es perfectamente capaz de caminar hasta la enfermería; Jim le hace callar, y ambos esperan.


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Parte 3